Querido hermano en la fe,
¿Has pensado alguna vez en la fuerza invisible que sostiene tu vida? No son tus méritos, ni tus obras, ni tus conquistas. Es gracia. Una gracia que, como dice Pablo en Efesios 2:8–9, no se compra ni se gana, sino que se recibe como un regalo.
Romanos 5:20–21 nos recuerda que, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. El Salmo 103:8–12 lo canta con fuerza: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento para la ira y rico en clemencia”.
Y Tito 3:5 nos asegura que no fuimos salvados por nuestras obras de justicia, sino por su misericordia. Entonces, ¿qué nos queda? Aceptar, agradecer y vivir con humildad.
Hoy te escribo para recordarte que tu historia no está definida por tus errores, sino por la misericordia que te envuelve.
Con esperanza y gratitud,
Tu compañero en el camino